LA CUESTIÓN UNIVERSITARIA HOY:
Universidad y Ciencias Humanas en tiempos de globalización

  .

Pedro Aullón de Haro
(Director Instituto Juan Andrés)

  .

 1. LA PROBLEMÁTICA

Decía Giner de los Ríos en 1902 que el concepto de ‘Universidad’ no es una idea absoluta e indispensable a construir especulativamente para la vida social, sino un concepto histórico y, por ende, sólo definible apelando a la historia. Esto es, “al igual que toda cosa histórica, no es sino una forma peculiar de cumplirse en ciertas sociedades tal o cual función permanente, que, como todas, admite soluciones muy distintas, según la condición de los tiempos. ¿Cuál es aquí esa función?”[1]. Sin embargo, una cosa es la descripción de lo históricamente acontecido y otra bien distinta una aspiración ideal o, más adecuadamente, el resultado deliberativo acerca de qué convenga considerar a fin de determinar qué función. Cabe entender que se trata de establecer la función más equilibradamente ajustada a las necesidades por la sociedad requeridas; las necesidades a satisfacer más allá de la mera inercia. Y aquí es donde concreta e indudablemente se habría de situar la discusión. Pero si avanzamos a focalizar el segmento de las Ciencias Humanas, es decir aquel más problemático e interesante y en mayor medida dependiente de la institución universitaria, se comprobará que en este punto, ingenios al margen, en realidad cabe apelar tan sólo a los aspectos para nosotros –parte interesada- históricamente relevantes del mismo respecto de la herencia recibida de esa institución universitaria.

Adelantaré de manera breve y clara el grueso del problema como estructura epistemológica disciplinar: la cuestión universitaria hoy, cuando menos para quienes no vean el asunto desde la restringida perspectiva de una trinchera situada al ‘otro lado’, consiste en una entretejida cadena de problemas: a) la subsistencia de las Ciencias Humanas, en parte neutralizadas o disminuidas por las llamadas Ciencias Sociales y la implantación de una epistemología que le es extraña; b) la expulsión de la Filología, único fundamento técnico de toda ciencia humanística, y sin cuya referencia al Logos todo es reducible a cualquier cosa, a ‘estudios culturales’; c) la pérdida de toda capacidad rectora de la Filosofía, su aislamiento o bien su disolución sociopolítica, ya plenamente ajena al edificio de las Ciencias Humanas.

Acaso convenga subrayar, al modo de un conocido estudioso comparatista cuando al referirse en un célebre título a ‘literatura general’ indicaba que se trataba de algo ‘verdaderamente’ general, que ahora se trata de ‘tiempos verdaderamente de crisis’ asimismo en un sentido general. Y digo ‘tiempos verdaderamente de crisis’ porque nuestro diagnóstico se refiere a ‘tiempos verdaderamente de disolución’. Sólo un fortísimo simplismo intelectual podrá imbuir en algunos la idea de que la disolución decisoria de -por decirlo en gruesos términos marxistas la superestructura cultural de las Humanidades será un despojamiento gratuito y que ya a medio plazo favorecerá la pura fuerza del progreso -¡la verdadera ilustración!- y el racional desarrollo del mercado, toda vez que la religión -piensan no pocos- ya ha quedado reducida a lo que verdaderamente es, un fenómeno supersticioso en su totalidad puesto de manifiesto y dominado por la ciencia. A quienes así lo piensen les espera un larguísimo purgatorio, quizás desgraciadamente infierno, gracias al futuro desarrollo de la biotecnología, de los usos de la energía y la consiguiente deriva degradatoria del planeta que habitamos. Porque desde la relación decisiva y límpida hombre / naturaleza sancionada por Kant, aparentemente reducida a un segundo plano epistemológico, sólo bien avanzado el siglo XX se supo ver que las sociedades occidentales y sus tecnologías habían levantado un interpuesto mediante la habilitación destructiva del primer término de la relación sobre el segundo. Pero eso únicamente era el comienzo. Es cierto que el ser humano no posee de manera muy relevante tendencias suicidas de manera individual, pero no es razonable dudar acerca de ello cuando se trata de movimientos colectivos o de extremadas patologías individuales o de la inercia de los tiempos, de todo lo cual sería grosero olvidar que el siglo XX ofreció muestras espeluznantes.

Si la razón de las Ciencias Humanas consiste en el ser humano, su mundo de existencia, esto presupone un permanente pensar crítico y ético. Pero en ese sentido cabe decir que la universidad y las Ciencias Humanas siempre han pervivido en un estado de crisis. ¿No es la institución universitaria a fin de cuentas un estado crítico respecto de la evolución del saber y respecto del poder político? Ahora bien, nuestro objeto de discusión es otro, y cabe definirlo en los siguientes términos: ¿El proceso contemporáneo de las Ciencias Humanas y de la institución universitaria europea conducen progresivamente a un estadio de disminución cualitativa? El hecho de que la universidad europea haya encaminado el siglo XXI avanzadamente inmersa en un proyecto de unificación refuerza la pertinencia de los términos enunciados.

¿No es la temporalidad inherente al objeto humanístico el principio de un permanente tiempo de crisis para ese objeto, aspecto esencial este de la temporalidad que la gran familia de los positivismos quiso suprimir de un plumazo decisivo para el siglo XX dando por hecho que epistemológicamente igual daba una obra de arte verbal que una piedra o un abono agrícola? Sólo se trataba de nivelar las metodologías, y de paso los objetos, claro, a fin de acceder a la auténtica ciencia, que por principio había de ser la misma para todas las cosas, el cielo y la tierra, el ADN y la obra de Homero. De ahí arranca, a fin de cuentas, el principio de dominio de la nivelación, que ha regido la disolución progresiva, actualmente en marcha, de los aspectos cualitativos mayores de las Ciencias humanas y en general de la ciencia y la mejor cultura universitaria heredada. Esa nivelación alcanza, desde luego, a la ética de la metodología determinadora de los objetos.

Si la cuestión del objeto en las disciplinas humanas (manteniéndonos dentro de la eficiente epistemología de Dilthey) consiste en el modo en que se configura una objetividad a través de una subjetividad de la cual se desprende el propio objeto, de la cual nace y a la cual en cualquier caso retorna ¿esto no significa que la historia de esas disciplinas dependerá de hecho del sucesivo estado crítico del sujeto que a ellas se aplica, siendo la crisis del sujeto la de su propio objeto y, al fin también a la inversa, o lo que es lo mismo, un mero asunto de hermeneutas ensimismados? Por otra parte ¿no se han constituido las disciplinas humanísticas en el marco de la ciencia universitaria en un entretenimiento o un lujo a relegar a restos de presupuesto con función decorosa mientras que la sociedad y sus directrices políticas han asumido una cultura del ocio en la que es esencial esa cultura como espectáculo finalmente asociado a formas de turismo? El descanso como pausa vacacional del trabajo ¿Y como reacción no se han levantado las nuevas realizaciones ‘humanísticas’, sustitutorias, en tanto que simples prácticas aplicativas, de fundamento inconsistente pero de perfil grueso y valedero para un nuevo régimen de cosas y apariencias en el que ya no se trata de conocimientos y reflexión crítica acerca de los mismos sino de destrezas y habilidades, por otra parte así ya asumido mediante esos conceptos por los poderes públicos? Además, se dirá, ya no hay substancias ni puntos de vista inequívocos. El relativismo alcanza a todo menos a sí mismo. ¿Y no ha contribuido al radical relativismo el proceso contemporáneo de las Humanidades mediante una filosofía y una crítica literaria y de la cultura que, todo sea dicho, no exenta de esnobismo puramente a la moda ni de cierta frivolidad disolutoria al amparo del acabamiento metafísico ha conducido el objeto de estudio a una situación de confusión e insignificancia descabalada tal como hizo ver Sokal mediante la designación de “imposturas intelectuales” en ese puente sobre todo francés-norteamericano en el que para la “elite” intelectual todo valía por una mera apariencia sin percatarse siquiera de que los textos verdaderamente pudiesen tener o no algún significado[2]?

Hay, ciertamente al abrigo de todo ello, un notable problema general heredado, en términos muy comunes más allá de la llamada especialización, que consiste en la más que frecuente radical ignorancia de las llamadas ciencias físico-naturales por parte de los profesionales de las humanidades, fenómeno simétricamente solidario con la no menos radical -ya advertida- y frecuente situación casi iletrada de los científicos experimentales y no digamos ya de los meros operarios. Como si un químico o un profesor de ingeniería estuviese exento casi por principio de poseer ciertos conocimientos acerca de su lengua materna o la propia capacidad expresiva y la historia culta de la misma o de su país, cosa muy anterior sin duda a otras muchas que le ocupan con superior interés, empezando por la que denominaré “superstición cibernética”[3], toda vez que una burda ideologización política toma a su cargo intervenir en nuestro país, grotescamente pero con gran rentabilidad y asentimiento de las administraciones públicas, en estos asuntos, tanto de las lenguas como de la democratización científica del uso de los ordenadores con finalidad ¿subsidiaria? de potente extensión del mercado y anulación del concepto, de los contenidos serios. Sea como fuere, a los responsables políticos no se les suele ocurrir pensar que pudiera ejercerse un cierto fundamento de conocimiento común insoslayable relativo a ciertos principios de epistemología y crítica capaz de paliar en alguna medida relevante tan abismal desequilibrio y deshistorización, al igual que, todo sea dicho, en lo que se refiere a salud, conocimiento del cuerpo humano y la psique o ciertas y relevantes informaciones nutricionales. Y tampoco se nos suele ocurrir a los no responsables políticos exigirlo. Ahora bien, el asunto importantísimo de la especialización, asociado permanentemente a las nociones de ciencia y de progreso, tiene como conclusión básica y decisiva el gran hecho diferencial de que la simplificación objetual de las disciplinas físico-naturales se cumple con eficacia mediante la delimitación reductora, cosa que permite resoluciones excelentes mediante especialistas que pueden hallarse en situación de casi total ignorancia respecto de todo aquello que excede de su minúscula cuadrícula tomada por objeto. Es el caso justo inverso de las disciplinas humanísticas, en las cuales sólo es posible acceder a la verdadera excelencia mediante la integración individual de saberes muy extensos fundados en largas experiencias conceptuales, incluso vitales, y de reflexión. De ahí el gran y frecuente error de las posturas positivistas ejercidas sobre materia humanística: el reduccionismo o la transposición reduccionista del objeto; o dicho con palabras memorables de Theodor Adorno: “el pensamiento tiene su profundidad en la profundidad con que penetra en la cosa, y no en lo profundamente quela reduzca a otra cosa”[4]. Y me parece que es ocasión de aducir cómo suele ignorarse que el mayor laboratorio se encuentra en la mente y sus medios son las palabras.

Sería ingenuo creer, como practica cierta filosofía, que las discriminaciones del pensamiento responden a una fáctica real e inmediata como si argumento dialéctico y realidad en general fuesen una y la misma cosa en proyección causa-efecto, pero por otra parte no lo es menos actuar en la creencia de que la realidad que vivimos es autónoma respecto de principios, formas mentales o tradiciones, es decir que éstos es posible ponerlos o suprimirlos con independencia de aquélla. Pues bien, esa ingenuidad ha aquejado sumamente a la legislación académica. Naturalmente, la cosa tampoco era muy fácil de evitar. El referido diagnóstico de disolución -como más adelante se verá- responde a la observación de una maraña sobre la cual acaso convenga discernir dos esferas fundamentales relativas a las Ciencias Humanas (y desde luego en término presupuesto a la institución universitaria en su conjunto y a la sociedad que la mantiene y de ella se sirve): de un lado la esfera, digámoslo así, propiamente entitativa, sin olvidar que aquí lo entitativo es la constatación de un devenir constitucional; en segundo lugar otra esfera, funcional atinente a la institución académica que fundamentalmente la sostiene, es decir ‘el problema universitario’ a vista de hoy, en su actual estadio de ‘universidad cibernética’. Por lo demás añadiremos a la consideración de todo ello, de manera selectiva y directa, algunas especiales ejemplificaciones, el puntuado de la particularización de este problema universitario y académico actual a propósito del caso español. Las dos esferas fundamentales mantienen en general relaciones de circularidad y las expondré brevemente de manera encadenada y críticamente amable. Finalmente concluiremos sobre lo referido con unas propuestas concretas y de valor general. De este modo queda cumplido asimismo el pitagorismo del tres, el cierre armónico de un encuentro que por lo demás aquí es la sanción histórica de un prominente desencuentro.

 .

2. LOS FACTORES PROBLEMÁTICOS DEL NUEVO ESTADIO UNIVERSITARIO

Se podrá comprobar con toda facilidad que la configuración del nuevo estadio de ‘universidad cibernética’ responde a la conjugación de varios factores en apariencia de naturaleza muy diversa pero impecablemente entrelazados y conducentes a la desintegración de las Ciencias Humanas: la aminoración formativa de los estudiantes (administrativamente regulada y sancionada por el plan Bolonia), la ideología previa del colaboracionismo universidad / empresa y el desarrollo burocrático, el establecimiento del concepto de mercado y los medios informáticos y, por último, la caída del ejercicio crítico. En conjunto todos estos factores obedecen por diferente motivo a objetivos de ‘nivelación’. A ellos cabe sumar un quinto factor añadido, pero que no será necesario exponer aquí, representado por el activismo de las minorías, las cuales pueden ser múltiples y al fin de influencia fortísima o imponderable, hasta hace poco factor de limitado gran relieve en Norteamérica pero ya expandido más o menos adelantadamente en Europa, y en España dotado de especial singularidad. No entraremos aquí en este asunto.

La general aminoración formativa de los estudiantes (de la cual no se puede olvidar que en alguna importante medida ponderable ya es fundamento asimismo de la aminoración formativa del profesorado) está en la base de todo el problema y responde en su sentido más amplio a un proceso común occidental que ofrecía una referencia, aun heteróclita, en ciertos aspectos de la inmensa y fragmentaria joven sociedad norteamericana. Este proceso, decididamente aceptado, como es bien sabido, por las administraciones públicas a través de sucesivas reformas legislativas de la enseñanza secundaria, la marcha social y el deslizamiento hacia cierto abandono de toda disciplina y criterio de valor, incluso en el sentido de urbanidad, al amparo frecuentemente de un curioso y erróneo “democratismo” adscribible en gran medida a la “corrección política”, ha sido muy notable y nunca se ha intentado seriamente ni paliar ni corregir, al menos en el caso español.

Es de subrayar cómo la aminoración formativa necesariamente posee transcendencia facultativa psíquica y viene asentándose de modo lento e imparable como resultado de una torpe utilización de lo que se ha dado en llamar “cultura de la imagen”, “cultura audiovisual” y cosas similares. Desde el momento en que la imagen gráfica en tanto que forma acabada ofrece a la percepción humana un todo de homologación real y de completud perfecta y equiparada, se pone de manifiesto que los mecanismos perceptivos quedan liberados de efectuar el constante ejercicio de intelección e imaginación destinado a configurar mentalmente proyectos en buena medida de elaboración propia individual y con resultados destinados a dominios y operaciones complejos de desenvolvimiento posterior. Es decir, que el estudiante de hace medio siglo había de construir, imaginar y configurar el orden y el sentido intelectivo de determinadas realidades a partir de la escueta provisión disponible de realizaciones gráficas construidas mediante cuatro palotes, por así decir. No es necesario subrayar la enorme intensidad creativa que una psique infantil o de joven adolescente puede poner en marcha ante semejante situación de expectativa, actualmente por lo común anulada desde el punto en que el niño ya ve la luz del mundo abocado a una permanente proyección de pantallas de televisión y ordenadores que ofrecen construcciones de realidad acabada conducentes a una pasividad enfermiza del perceptor que inútilmente se pretende atenuar con tipos de mecanismos superficiales que se suelen denominar interactivos o de interacción, los cuales en absoluto solventan la grave intervención ejercida. Y consecuencia de todo ello es un decrecimiento de las capacidades de conceptualización, discurso y argumentación, por supuesto tanto en el sentido del hablante como del receptor. El estudiante ya difícilmente se encuentra en condiciones de producir o de entender discursos orales o escritos de cierta extensión y complejidad, a lo que por supuesto contribuye notablemente el creciente desconocimiento de los elementos básicos de una tradición cultural que escolarmente ha sufrido una progresiva y muy fuerte pérdida de valor y transmisión. Porque sucede que la transmisión humanística responde en gran medida a una cultura del valor de la palabra, del respeto jerárquico del saber y de la comunicación pedagógica directa de todo ello. Y el hecho experimentado, del que hablamos los profesores como de otras incidencias habituales pero con especial insistencia y señalamiento, consiste, dicho mediante la ejemplificación de quien esto suscribe, es decir sobre la base de unos veinticinco años de docencia, en que hemos asistido a una gran pérdida y todo parece indicar que irrecuperable. (Aun considerando las variabilidades de selección y exigencia, que ciertamente con preferencia han desfavorecido a las Humanidades por razones conocidas y que no es el caso aquí describir, lo cierto es que la experiencia que puedo mostrar es la del paso de una situación de alumnado en situación masiva que mantenía el predominio de grupo, con las naturales diferencias y desniveles, en la comprensión esencial del argumento objeto de exposición lectiva -argumento por demás de carácter netamente teórico y con pocas concesiones-, hasta el punto de suscitarse ocasionalmente la circunstancia especial del aplauso aprobatorio o entusiasta, cosa que hace patente cuando menos una determinada reacción básica de estado de cosas, al paso o cambio -decíamos- a una situación presente en la cual, aun habiendo ejercido un decidido aligeramiento de la densidad teórica del argumento objeto de exposición, la reacción de los grupos de alumnos ahora más reducidos a la vez que fragmentados es la dominante o frecuente de manifestar no entender “nada” o “casi nada” del discurso lectivo). Con todo, no podemos omitir en rigor la pregunta de si una evolución en tal sentido cabe ser considerada por algunos como un hecho históricamente sobrevenido de manera natural y correctamente aceptable. No discutirá este asunto, pese a su transcendencia, pues en nada intervendría sobre el argumento de nuestra exposición. Al final sí se exigirá la explicitación de posturas.

Los programas de colaboración, que con alguna frecuencia acaban en una suerte de “colaboracionismo”, universidad / empresa, poseen en principio una orientación impecable en el sentido de la cooperación de esas dos diferentes organizaciones y campos de actividad en aras de una más adecuada integración del mundo universitario, sobre todo mediante acuerdos de investigación con patrocinio bilateral, realizaciones de ejercicios prácticos por parte del alumnado y puente posterior encaminado a la inserción laboral de los jóvenes graduados. Esta esfera de relaciones posibles, a todas luces muy conveniente en algunos aspectos, y que sin duda en el mundo anglosajón ha tenido, como era de esperar en razón de las tradiciones en él imperantes tanto éticas como empresariales y académicas, mejores resultados, plantea un problema de fondo que lo es también de superficie. Dicho en pocas palabras: la no fácil adecuación entre un organismo universitario paritariamente docente e investigador, sin originalmente más finalidad que la académica por sí misma, y un organismo empresarial que funda su razón de existencia en la rentabilidad económica de su producción en un régimen de mercado y para el cual una hipotética dedicación investigadora sólo posee sentido en vistas a la referida rentabilidad y nunca a muy largo plazo. En el caso de las Ciencias Humanas se suele alcanzar, en virtud de su repercusión casi puramente indirecta, una contradicción insalvable. El hecho es que, por lo común, esa inadecuación tanto de base como de finalidad se ha pretendido nivelar mediante un adoctrinamiento acorde a las modernas perspectivas y regulaciones competitivas de la libertad de mercando dando lugar a lo que podemos denominar una ideología del colaboracionismo universidad/empresa, un colaboracionismo que ha difundido o potenciado en el medio académico hábitos economicistas desde luego no siempre loables como es el caso de la llamada “ingeniería financiera”. Pero sucede, además, que el finalismo de la rentabilidad tangible pone de manifiesto justamente la disociación del horizonte posible de resultados entre las ciencias físico-naturales, o más bien disciplinas aplicadas e ingenierías, y ciencias humanas. Siendo por tanto que la consecuencia última, en términos académicos y de estructura interna del organismo universitario promovida por la ideología de la nivelación universidad/empresa, y por supuesto sin negar ciertos logros indudables de cooperación, consiste pese a esto en un ahondamiento no ya de la disparidad sino de una de algún modo indiscutible incompatibilidad de facto entre los dos grandes ámbitos de la actividad disciplinar universitaria. La gravedad de este asunto es extrema, pues finalmente conduce a la irresolución del drama de fondo que late en la cultura occidental desde su origen y se hace progresivamente patente y de ética muy espinosa al paso del tiempo y, por lo demás, ya se encuentra a las puertas de uno de sus más extraordinarios extremos, es decir la gran cuestión de la biotecnología que dominará problemáticamente el futuro inmediato de las disciplinas experimentales de punta.

Si bien no hay elementos observables suficientes como para inducir a creer que los mecanismos puestos en juego por las relaciones universidad/empresa han sido la clave del reciente desarrollo burocrático, a veces verdaderamente expansivo, de la nueva universidad, lo cierto es que parece existir una sinergia entre el horizonte del mundo empresarial-financiero y las perspectivas de extensión e implantación de nuevos organismos dentro del sistema académico con un desarraigo o unas desenvoltura y velocidad hasta ahora desconocidas en una institución milenaria tradicionalmente sólo parangonable en un grado relevante a la Iglesia y que de hecho, en parte, incluso al modo de la pugna política y dialéctica, a ésta se debe. Pero aquí el problema consiste en que la institución académica, en contraste con la empresarial, no sólo está desprovista de ciertos usos de control interno característicamente funcionales a diferencia de los burocráticos, y a este propósito ahora mayormente desbordados, sino que ni siquiera posee mecanismos correctivos naturalizados y referibles a parámetros de consideración objetiva no discutible, como sobre todo la rentabilidad y, en consecuencia, promueve una extensión cuyos resultados son de malformaciones, a veces incluso extemporáneas, difícilmente corregibles. Por supuesto, como es bien sabido aunque en público raramente expresado, una estructura política, o politizada, universitaria fundada en una fuerte autonomía sin verdaderos mecanismos externos de garantía y control equiparables, no sólo habrá de estar aquejada en mayor o menor medida por el déficit de la buena orientación regida por la meta del puro servicio público, sino que sus avatares, al amparo siempre de la opacidad de sus estructuras cerradas, podrá seguir preferencias muy inciertas semejantes a las de dominios como los tipificados por el régimen de los partidos políticos y las organizaciones sindicales, en principio tan ajenos a los ‘desinteresados’ intereses académicos. De hecho, si bien muy aisladamente, ya son reconocibles casos de ‘sindicalización’ en las propias estructuras de gobierno académico. El tiempo dirá si estamos ante un fenómeno limitado y coyuntural o creciente. Ciertamente, entre esa masa de novedosa extensión burocrática (pues éste es el término tradicional a cuya definición final mejor se ajusta), la institución universitaria desea enarbolar su propio proyecto de “control” y, además, de “innovación”, como un paso legitimador de progreso y reconocimiento. En lo que sigue veremos en qué consiste esto, pues se discierne mejor una vez definida la cuestión del mercado y los medios informáticos comprometidos.

El establecimiento, aun vagamente, de un concepto de mercado como reflejo de la sociedad en la institución universitaria posee un valor de fondo muy notable por cuanto en último término tiende a la nivelación entre universidad y sociedad, como si fuesen unidades equiparables, al tiempo que ampara y da sentido a la relegación de las Ciencias Humanas y a nueva ideología académica de la rentabilidad como productividad curricular y su correlato ”industrialista”, por así decir, favorecedor de la expansión física y la adquisición masiva de equipamientos. Evidentemente, una idea como la de productividad curricular, al margen de una cierta incitación muy loable al estudio y a la superación personal, pone de algún modo sobre la mesa todo un proyecto de mercadotecnia cuyas consecuencias para la investigación en no escasa medida han de provocar una hipertrofia académica. Porque sucede que, en todo lo fundamental, el verdadero trabajo de investigación es labor muy atenta, prolongada e intensa y, por ello, pertenece a una vocación individual no improvisable y al forjamiento de un proyecto intelectual y un carácter personal que en principio queda muy lejos de cualquier mercadotecnia y sus desarrollos burocráticos. Aplíquese la fórmula universalmente aceptada de que “la burocracia mata la investigación”. El investigador serio ha invertido un gran esfuerzo personal y posee además una imagen intelectual entre quienes considera sus pares que es parte decisiva de su patrimonio cuasi intangible y sólo ante ellos. De hecho, el investigador serio forma parte en nuestro tiempo de una pequeña comunidad intelectual que se autorreconoce y reafirma en soledad dentro del marco general de la comunidad universitaria y científica. Al investigador serio todas esas ideologías y sus consecuciones le parecen, en el mejor de los casos, simples tonterías y usualmente aspira a sobrevivir en la institución académica porque rarísimamente puede existir otro lugar como alternativa aceptable para su trabajo. Ahí la paradoja tan comúnmente referida entre investigadores que perciben cómo la institución que supuestamente les ampara y para la que trabajan viene en la práctica a ejercer una fuerte presión contra ellos y, por consiguiente, contra su actividad. Por este camino se alcanza un sentido autodestructivo característico en la universidad de los países latinos, subrayadamente español y, justo es decirlo, prácticamente inexistente en el mundo universitario anglosajón sin duda por razones de tradición institucional y de ética pública y ello a pesar de presentar éste una estructura institucional más permeable a los usos del mercado y sus relaciones de oferta y demanda. De hecho, ésta es una de las grandes diferencias existentes en la geografía universitaria mundial.

He explicado en más de una ocasión cómo en una época en la cual algunos han empezado a olvidar que toda universidad necesariamente nace de una biblioteca, e incluso algunos otros todo parece indicar que nunca alcanzaron a saberlo, la expansión de los sistemas informáticos, base instrumental y finalmente definitoria del que hemos llamado estadio de la universidad cibernética, necesariamente había de desempeñar una función sustitutoria y una participación indispensable en los medios de poder. Si el medio digital o cibernético ha hecho accesible a la mayoría un gran caudal de textos importantes, indefectiblemente la que podemos denominar ‘teoría del inverso’ ha disminuido las posibilidades cualitativas de acceso a los mismos. La ‘distracción electrónica’, digámoslo abreviadamente así, ha depauperado las capacidades de atención y concentración intelectual al tiempo que aleja el sentido de toda verdadera lectura. Al lenguaje, a la lectura responde directa e indirectamente la auténtica capacitación psíquica del ser humano. Tradicionalmente las bibliotecas y la bibliografía, la cualidad argumentativa e incluso la seducción intelectual o la capacidad de penetración de las ideas podían adquirir un cierto sesgo de autoridad ejercida como poder, por lo común escasa-v mente agresivo en términos de eficacia política directa institucional. pero la nueva disposición de los sistemas informáticos representa, aparte naturalmente de una propiedad pública posible y un medio de trabajo ya insustituible, una suplantación de lo instrumental erigible como mecanismo de poder ejercido eficazmente sobre el conjunto del mundo universitario al amparo de una razón de control, innovación y, por tanto, progreso ahora denominada de “calidad” al modo de los bienes de consumo. Ahora las aulas han de poblarse del más completo posible equipamiento informático, lo cual no únicamente significa un impulso industrial y un gran beneficio para intermediarios a costa del erario público sino un modo de homogeneizar la docencia y disponer del instrumental más perfecto nunca soñado para el control de la misma. Todo esto, que es muy importante para los procedimientos de nivelación, significa no sólo una agresión al individuo universitario, a su independencia, sino un mecanismo destructivo de los grandes principios universitarios. Porque bien es cierto que en ciertas materias experimentales y prácticas el uso de sistemas informáticos en la enseñanza puede tener evidente utilidad o cierta utilidad complementaria, pero cualquier profesor de teoría del derecho, de ética, de teoría literaria o de filosofía de la historia o de lógica o de epistemología quedaría evidentemente descalificado ante sus colegas o ridículo ante sus alumnos más perspicaces si intentase explicar los conceptos fundamentales de su materia valiéndose de medios electrónicos y no de la sola palabra. Pero aún veremos más adelante que este asunto forma parte de una importante contribución a la disolución universitaria, una disolución fundada en la expansión masiva, acorde con los usos e instrumentos de la vida social, de la práctica como conocimiento vacío, es decir no-conocimiento.

Sólo este régimen de cosas novedoso y confuso hace explicable ciertos comportamientos erráticos de las administraciones públicas respecto de la institución universitaria y su gobierno, así como el apoyo a un fomento burocrático intervencionista en este régimen de actividad que ha alcanzado una de sus mayores cotas en el evidente fracaso de los sistemas generales de evaluación, los cuales curiosamente, o quizás por ese preciso fracaso, revestidos de la renovada superstición de la innovación y la calidad, se pretende ahora que incluso relanzados hacia arriba ocupen un nuevo plano de decisión última en la selección del profesorado. Y puesto que toda burocracia tiende a la perpetuación e incremento de atribuciones, los evaluadores se pretende configuren el nuevo estamento, cuando es bien sabido que el evaluador ha de ser designado mediante proceso ‘natural’ o mediante designación colegiada especial, y, desde luego, la de evaluador no puede ser una especialidad, a no ser que realmente se empezara por establecer, cuando menos, tantos tipos de evaluadores como áreas de conocimiento existen reconocidas. Claro que en ocasiones el espíritu de universalidad del evaluador ‘profesional’ y la voracidad académica de quienes suelen dedicarse no preferentemente al estudio puede jugar con otra nueva derivación ideológica, aquella que basada en el relativismo imperante y la intercambiabilidad de las cosas, la conveniencia abstracta aplicada a realidades concretas, promueve una interesante y novedosa metafísica epistemológica de la equivalencia de las disciplinas, un paso atrevidísimo y extraordinario en los mecanismos de nivelación según el cual sólo hay dos clases de profesores, de ciencias y de letras, y su profesionalidad viene regida por la utilización de los medios informáticos, la eficacia política en el medio académico y en modo alguno por la especificidad o la profundidad del saber demostrado.

Como es natural, el último factor seleccionado, denominado en un principio caída del ejercicio crítico, constituye no otra cosa que un concepto conclusivo en orden a un sentido intelectual y universitario extraíble del proceso descrito. Pero además, caída que es a un tiempo condición y consecuencia del éxito del referido proceso, es decir posee un valor total y envolvente. Y por ello la reactivación del ejercicio crítico funcionaría como antídoto contra los mecanismos de nivelación en general y, de hecho, puede decirse que consiste en el único antídoto efectivo y de fondo, así como de difícil aplicación, aunque no deja de ser cierto que en ocasiones excepcionales podría ser asumido incluso desde la administración pública. El asunto grave radica en que la constatación de esa caída, si el diagnóstico es sustancialmente correcto, significa la disolución de la institución universitaria tal como la hemos llegado a conocer en buena parte del siglo XX. Porque si la caída del ejercicio crítico, en su pleno surtido, es condición de una nueva universidad, ese ejercicio era condición de la universidad heredada y en trance ahora de disolución. A tal propósito se trata, pues, de una adecuación perfecta.

 .

3. CONSIDERACIÓN FINAL Y TRES ASUNTOS COMO PROPUESTA

Diríase evidente que la general implantación que el estado académico Bolonia ha alcanzado su fin previsto de aminoración permanente y traslado del saber a zonas muy reducidas o incluso indeterminadas o dispersas del mundo académico y su entorno. Lo que comenzó por el principio, por un primer ciclo de nueva titulación o Grado, ya ha alcanzado abiertamente, cuando menos en ciertos centros, a los estudios de Doctorado. Lo que no deja de ser asombroso, y cabe justamente preguntarse, es si los ideadores de Bolonia, sólo superados permanentemente por la administración española, alguna vez confiaron en cómo este ‘plan’ fuese acompañado por tan escasa contestación pública e intelectual.

Una auténtica conclusión desde la recuperación del ejercicio crítico no puede por menos que, prudentemente, evitar el pesimismo, asumir críticamente la realidad y ofrecer algunas interpretaciones y resoluciones posibles fundadas en el rigor, la independencia intelectual y la honesta libertad de pensamiento. Pero hay que empezar por afirmar cómo en la actualidad se tiende a olvidar que esto referido es ya en su profundo sentido la función ético-científico del profesor universitario; que ésa, al menos hasta ahora, ha sido, todavía es, la razón última de su estipendio; y cómo también se suele pasar por alto que el intervencionismo burocrático sobre el profesorado universitario, su sometimiento a control en cuanto se refiere a procedimientos y medios informáticos de docencia y similares bordea o llanamente transgrede la legalidad por cuanto que a veces no respeta la libertad de cátedra, uno de los grandes fundamentos de la universidad moderna. Estas son cuestiones de principio y por tanto imprescindibles. Ahora bien, probablemente nos hallemos ante otro régimen académico emergente, ante la faz inicial de otra institución diversa a la hasta ahora conocida y por ello aún sin fundamento legal. En realidad éste es el problema, según indicaremos. Y qué duda cabe, por lo demás, de que existe entre muchos una buena fe, un panfilismo que no se funda más que en la confianza del progreso, la confianza en los nuevos medios informáticos como futuro de resoluciones, lo cual no es ya una incauta desviación del objeto del problema sino sencillamente una superstición, la nueva superstición cibernética. Es necesario especificar el instrumento informático como medio y no como objeto; discernir que la llamada “sociedad del conocimiento” a resultas de una “sociedad de la información” es una simple falacia, y que por demás el camino no consiste en que las disciplinas humanísticas se reconviertan en físico-experimentales, tal si se pudiese transmutar su naturaleza como adecuación a un fin más solvente.

Me limitaré a enumerar tres grandes asuntos, a mi modo de ver prioritarios, decisivos y generales. Se trata de problemas tangibles y abordables pero cuyo planteamiento, desde luego, exigiría verdadera voluntad política en favor del bien común y no juegos tácticos de política de partido, y su entrada en resolución significaría, a mi juicio, un paso extraordinario para el presente y sobre todo para el futuro de los países occidentales.

  1. Es de advertir en primer término y siguiendo el sentido común, que únicamente la orientación hacia un proyecto aceptable de complementación o cierta interpenetración académica de ciencias experimentales y humanidades hará reconocible una perspectiva de futuro razonable. No es de recibo, por ejemplo, que un filósofo pueda no saber nada de biología ni a la inversa; que un ingeniero industrial pueda carecer de la suficiente exigible capacidad de expresión escrita o de conocimientos históricos; que los arquitectos puedan estar ayunos de conocimientos éticos y los filólogos puede que de historia de la filosofía, etcétera, etcétera. Porque además, esto referido responde a un plano de determinación concreta del asunto, pero su transcendencia general es de una repercusión humana, antihumanística, y social imponderable. En el siguiente asunto se efectuará alguna concreción también atingente a éste.
  2. No tiene sentido en los países occidentales pretender alcanzar una nivelación en el régimen de titulaciones académicas superiores, o más altas, de tres años de duración cuando la esperanza de vida es cada vez más elevada y cuando los jóvenes se han liberado del tiempo que en otras épocas se destinaba al servicio militar. Nadie puede adquirir una formación filosófica ni filológica ni histórica, en general humanística, seria en un periodo académico muy reducido, aun sólo por la simple razón de que leer es una actividad que lleva tiempo; etcétera. Esa duración reducida es la propia de las enseñanzas profesionales y muy concretas, en nuestro país hasta ahora nunca bien constituidas. Por lo demás, es imprescindible diferenciar nítidamente objetos y métodos de las ciencias físico-naturales y experimentales y de las ciencias humanas y sociales al tiempo que acceder a un grado adecuado de combinación complementaria de unas materias y otras, naturalmente en las proporciones aceptables y eficaces. Por lo demás, podrán o deberán reducirse, reformularse o integrarse ciertas titulaciones y hacerse ciertas combinatorias, pero no anular la realidad científica de las materias ni las áreas de conocimiento correctamente diferenciadas: se podrá comprobar que éste, al igual que una radical distinción de titulaciones de ciclo corto frente a sus opciones últimas largas, es un problema que se aclara en relación a nuestra siguiente y tercera propuesta.
  3. El buen juicio dieta que si la exigencia social general respecto de la enseñanza superior, y dado el aminoramiento formativo (que en cualquier caso habría que tender a corregir), es la actualmente determinable, la solución no consiste simplemente, como se está haciendo sin directriz alguna, en convertir las universidades de hecho y de manera progresiva e indefectible en grandes escuelas profesionales (las escuelas profesionales que nunca se crearon y significan un gran déficit y error de la política educativa española ahora en buena medida subsanado de esta manera), o bien promover actuaciones conducentes al control nivelador y a la degradación de las materias teóricas, sino en orientar estas grandes escuelas sin provocar la completa destrucción de la entidad investigadora-docente propiamente universitaria. Es decir, manténgase y planifíquese de manera reducida la rigurosa institución universitaria como centros de estudios altos o especiales y necesariamente minoritarios y condúzcase la generalidad de los campus universitarios al estatus de grandes escuelas superiores y profesionales. Y que estas últimas habiliten una vía de relación institucional efectiva con aquéllas. A mi juicio no existe otra alternativa aplicable y aceptable. De no hacerse así, las ciencias humanas y sociales en sus estadios elevados serán las más perjudicadas y, en consecuencia, la sociedad en general sufrirá de manera progresiva graves daños difícilmente cuantificables. Los altos estudios científicos no humanísticos se continuarán refugiando cada vez más en organismos o centros ya más o menos existentes, mientras que las disciplinas aplicadas, las dominantes y de mayor extensión se adaptarán con toda naturalidad, como en realidad ya acontece, configurando distintivamente más que el carácter general el liderazgo de las nuevas grandes escuelas prácticas o profesionales en que nuestra universidad deviene. Esto es, valga de muestra por poner un ejemplo actual: la pregunta no es si los estudios superiores de Traducción han de avanzar hacia un lado u otro sino simplemente si han de ser hacia arriba en sentido filológico o encaminarse hacia estudios prácticos propios de las escuelas de idiomas, en este último caso reduplicando parcialmente una función académica ya constituida. En nuestro país, la resolución de todo este asunto no será cosa fácil, porque a diferencia de Francia no disponemos de centros de elite (las allí llamadas escuelas de altos estudios) adecuados a fin de asumir con naturalidad las circunstancias de esta nueva situación; a diferencia del mundo anglosajón, no disponemos de centros tradicionalmente individualizados en razón de su alto prestigio; y, a diferencia de Alemania, no ha existido una política favorecedora de las grandes escuelas al tiempo que de reducción, y consiguientemente protección y a fin de cuentas reubicación, de los centros universitarios propiamente dichos. Es decir, partimos de cero puesto que la única institución paralela existente en España es absolutamente y de principio inviable para un cometido como el’ que ahora se requiere, tanto por razones históricas como constitucionales y de competencia. Cabe decir que la situación española, bien que por caminos muy distintos, ha devenido parangonablemente sólo tan dificultosa como la italiana. Una desventaja, y esto sitúa la posición española en cierto sentido mucho más desfavorable que la italiana, radica en que la circunstancia española general es de disgregación y desprovista del sentido de Estado y de defensa de los intereses generales, lo cual hará difícil una actuación política si ésta no es en verdad decidida y surge con firmeza desde el rigor del criterio y la altura de miras.

Es una idea rutinaria más o menos explícita aquello de que las Humanidades perviven en una habitual o familiar, e improductiva, interpretación crítica. Y, subsiguientemente, ¿existe desde las ciencias físico-naturales, es decir de entre el segmento que queda de ellas entre las disciplinas aplicativas, un concepto de alguna seriedad acerca de los problemas últimos de las disciplinas humanísticas o sencillamente de la evolución del pensamiento y la ciencia en general? ¿Cuándo una epistemología científico-experimental tuvo en cuenta algún parangón posible con el objeto humanístico? Ciertamente, el proceso ha sido a la inversa, y sobre todo para mal, según atestigua gran parte del siglo XX. Si Karl Popper echó la base epistemológica a la defenestración callada de la Ciencias Humanas, el lamentable Roman Jakobson explicitó desde dentro la barbarie antihumanística de un estructural-formalismo triunfante, afortunadamente hoy desvanecido. Pero nada es gratis. El simple desconocimiento histórico y del pensamiento es sabido que por lo común acaba por conducir a confusiones e incluso a impresionantes disparates puramente prácticos, en ocasiones monstruosidades intelectuales. En nuestro tiempo es fácil obviar las dificultades morales, mas qué duda hay en que sólo una abnegada industriosidad es capaz del empeño, encubiertamente ingenioso, de querer transformar en carnívoro a un animal herbívoro. ¿Y qué base ética? Sería irrisorio preguntar sobre qué base teórica se ejecutan tales ingeniosidades. Justo a partir de ahí hemos pasado a la propuesta de extensión moral y de derechos humanos denominada Gran Simio. Pero sucede, como veremos, que en conjunto y en último término se despliega una reflexión dedicada a una gama de problemas de por sí un tanto incontrolada. Desde luego subyace a todo esto una dificultad proveniente de algo que de manera rápida y no menos evidente se diría podemos designar ‘fragmentación’ y ‘desconexión’. Sea como fuere, sólo cierta continuidad filosófica de la comprensión podría atajar tal problema, y, lo que se entendería más grave, ¿cómo es posible que puedan existir fisuras que permitan esto en la época de la globalización, el mercado único y la permanente comunicación electrónica e instantánea? ¿Es determinable que algo falla en la dirección del mecanismo? Precisamente: el mecanismo en curso no es sino una inercia, ni más ni menos, y a su alrededor una filosofía que confunde no ya la distancia entre argumento y realidad sino que confunde realidad y deseo, o deseo e ideología e interés personal. No cabe esperar mucho cuando se hace interpretación arbitraria ya desde la Ilustración y su propia entidad. Ésta es la “cuestión universitaria” hoy.


[1] Francisco Giner de los Ríos, Qué debe ser la universidad española en el porvenir, en Id., El Arte y las Letras y otros ensayos, ed. de Adolfo Sotelo, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2007.

[2] Una versión y edición ampliada del célebre episodio intelectual puede verse en A. Sokal y J. Bricmont (l997, 1998), Imposturas intelectuales, trad. J.C. Guix Vilaplana, Barcelona, Paidós, 1999.

[3] Utilizo ahora y en adelante este término de ‘cibernético’ con un pretendido valor general e integrador de aquel otro de ‘informática’ a veces preferido en ciertos sectores científicos por razones que aquí no hace al caso describir.

[4] Cf. Th. Adorno, “El ensayo como forma”, en Id., Notas de Literatura, ed. M. Sacristán, Barcelona, Ariel, 1962, p. 21.