La recepción de la obra de Andrés en el siglo XIX: Henry Hallam y la Historia comparada de la literatura europea

Davide Mombelli

En Jesús García Gabaldón, Juan Andrés (1740-1817). Ensayo de una biografía intelectual, Madrid, Verbum, 2017.

 

Dell’Origine, progressi e stato attuale d’ogni letteratura de Juan Andrés es la primera Historia Universal de la literatura: la importancia de esta ideación en la evoluciones de la historiografía tanto literaria como de las ideas y las ciencias ha sido propiamente argumentada a partir del concepto de comparatística[1]. Es un hecho que tras la inteligente revalorización llevada a cabo por Menéndez Pelayo[2], la obra padeció un (mal)intencionado ostracismo en las más difundidas Historias de la Crítica, las Ideas y las ciencias del siglo XX, que silenciaron la importancia de la obra de Andrés y la extraordinaria fortuna editorial e influencia que ejerció desde su publicación (iniciada en Parma, 1782) hasta, cuando menos, el cuarto decenio del siglo XIX. Podría asumirse como terminus post quem la edición completa y definitiva napolitana, publicada por la editorial Borel e Bompard (1836-38).

Andrés fue protagonista del panorama cultural de la Italia finisecular, gracias sobre todo a su sólida erudición y a una actitud conciliadora que permitía el diálogo tanto con los detractores de la literatura española como con sus apologistas. En efecto, su primera obra de alcance nacional, junto con el Saggio de la filosofia del Galileo publicado ese mismo año, fue la Lettera…sopra una pretesa cagione del corrompimento del gusto italiano nel secolo XVII (1776). Más que de una verdadera apología de las letras españolas, se trata de, como él mismo declara, una “italo-ispanica diceria”, expresión que traduce una intención específica y neutralmente comparatista. Andrés se inserta así en una animada y conocida polémica que en los años 70 del siglo XVIII enfrentaba a defensores y críticos de las letras hispanas. Pese a pertenecer inicialmente al partido de los antiespañoles, Girolamo Tiraboschi se da cuenta enseguida de la capacidad crítica de Andrés y muy prontamente propiciará una amistad que iría más allá de lo puramente intelectual. Tiraboschi, uno de los primeros y entusiastas comentadores de Origen, es autor de la primera gran Storia della letteratura italiana moderna[3] y máximo exponente de la erudición histórico-literaria de la segunda mitad del siglo XVIII. (De Sanctis lo definiría como el “Muratori de la literatura italiana”). Para el planteamiento de su ambicioso proyecto historiográfico, Andrés recogerá la lección metodológica tiraboschiana, dotándola de ese holismo universalista que la Historia de Tiraboschi, por obvias razones programáticas, no podía tener. Pero la precisión y prolijidad en el detalle de la historiografía tiraboschiana había de dar paso a la brevedad de la síntesis “filosófica”. El mismo Andrés es consciente de ello, sobre todo en la comparación que él hace con otra Historia universal de la literatura, la del Abate Denina: “l’Andrés considerava le Vicende del Denina opera ‘troppo ristretta e leggera in verità’, sebbene ‘elegante, erudita e giudiziosa’. Ciò ch’egli credeva di aver aggiunto alla trama del suo predecessore era la forza, il nerbo della dottrina del Tiraboschi, per il quale (autore di una ‘vera e perfetta storia’ finita di pubblicare l’anno stesso in cui si incominciava quella dell’Andrés) dichiarava un aperto entusiasmo”[4].

En la segunda edición de la Storia de Tiraboschi (1787-1793), éste menciona reiteradamente Origen de Andrés, sobre todo a propósito de temas relacionados con argumentos clasicistas, la tesis arabista del origen de la rima, la teoría de las dos curvas en el progreso de las ciencias y las letras[5], la antecitada polémica hispano-italiana y la interpretación de la obra de Galileo.

Ahora bien, la crítica posterior (particularmente la romántica) considerará la obra de Andrés como expresión de su época, que es la gran época de la erudición filológica, con las cualidades y defectos que le son inherentes. Así, la recepción de Origen en el siglo XIX es reflejo del cambio de paradigma que estaba gestándose en la Historia y Crítica literarias. Por obvias razones, el caso italiano es el más significativo. Entre los divulgadores de la obra de Andrés se encuentran figuras como Angelo Antonio Scotti, primer biógrafo del Abate; Angelo Mai, continuador de la “escuela bibliográfica andresiana” a la que pertenecieron, entre otros, Gian Giacomo Trivulzio, Francesco del Furia, Gaetano Melzi y, del “círculo de Nápoles”, Michele Arditi o Francesco Maria Avellino; o Alessio Narbone, autor de múltiples y afortunados compendios de Origen. Mención aparte merecen los casos de Giacomo Leopardi y Francesco Ambrosoli. No es necesario entrar aquí, pues es algo que ya ha sido bien explicado, cómo la gran historiografía ilustrada fue maliciosamente negada por el Romanticismo a fin de postularse éste con una preeminencia que no le correspondía.

Andrés se reveló una verdadera autoridad en materia de Historia literaria y lingüística para Giacomo Leopardi. En efecto, en su Zibaldone el poeta italiano cita en repetidas ocasiones la edición veneciana de Origen (1783)[6]: la obra andresiana habría podido ser una muy probable fuente del “Parallelo delle cinque lingue”, si finalmente hubiera llevado a cabo tal proyecto, dado que Leopardi se basaba fundamentalmente en Andrés para sus argumentos sobre el latín vulgar como antecedente más inmediato de la lengua italiana[7]. En Zibaldone se pueden especificar cuatro líneas principales relativas a la influencia de la obra de Andrés en sus teorías filológicas, a saber: (1) el parangón lingüístico entre lenguas y literaturas griega y latina (con la idea de la superioridad de aquélla sobre ésta); (2) la Lingüística comparada (el “carácter de las lenguas” y la necesidad de un idioma universal); (3) la Literatura comparada: la lengua y la literatura italianas en Inglaterra; y (4) la tesis arabista (provenzalismo). Es evidente pues un claro influjo de Andrés en cuestiones metodológicas, inherentes sobre todo al comparatismo aplicado a Teoría e Historia lingüística y literaria. Además, Mario Fubini, en un célebre ensayo sobre el Romanticismo italiano, sostuvo una posible filiación de ideas andresianas en la redacción de la Carta a Madame de Stäel, en la que un joven Leopardi entraba en la polémica Clásicos-Románticos asentando las bases de su interpretación moderna de los clásicos grecolatinos[8].

Por su parte, el crítico Francesco Ambrosoli dedica una larga reseña a Origen en ocasión de la publicación de una nueva edición veneciana de la obra (1830-1832)[9]. Si bien no se evitan críticas, a veces severas, sobre algunos aspectos metodológicos y de impostación teórica achacables más a su época que a la individualidad intelectual de Andrés, la recensión de Ambrosoli es, fundamentalmente, muy positiva y hace evidencia del aspecto universalista de la obra, que es su característica más meritoria: “l’uomo osi varcare i limiti ordinarii di tempo e di luogo per abbracciare nelle sue meditazione l’universo”[10], puesto que “non delle parti, ma del tutto solo si può far scienza”, e “il fine dell’uomo sta nella concordia e nell’affezione universale”[11]. Ambrosoli es hijo de su tiempo, pero matizadamente italiano: escribe en una época influida por las tendencias románticas, condicionada por la conceptualización de la Weltliteratur goethiana y la Filosofía de la Historia de Herder y de Vico (que entonces se redescubría). Define así Origen como el primer paso hacia la verdadera historia filosófica de las letras humanas. Si el objetivo último es conferir a la crítica literaria dignidad científica, Andrés participa de esta impostación teórica básica. Ambrosoli cree que la información recogida por el Abate es también escasa o inexacta, pero ello se debe más a los conocimientos de época que a negligencia. Más allá de los juicios críticos individuales o de faltas de precisión en concretas y puntuales aserciones filológicas, lo que afirma ser vigente de su obra es el proyecto universalista que la anima.

Si, como recuerda Franco Arato, “in Italia, nei primi decenni dell’Ottocento l’Origine era comunque (forse ancor più della Storia di Tiraboschi) un’opera di riferimento per lo studente non meno che per lo studioso, sempre a portata di mano sul leggio o nello scaffale”[12], a partir de la segunda década del siglo XIX, tal como hemos mencionado más arriba, son varios los detractores de Andrés. Así, tras lo que se podría definir como “cesura romántica”, comienza un paulatino olvido de la obra andresiana (y de la gran tradición erudita del siglo XVIII), una operación fundada en intereses principalmente ideológicos y políticos. Los autores de Historias literarias italianos profesaban, en ocasiones, un declarado antijesuitismo (siendo la gran tradición historiográfica italiana decimonónica de base jesuítica): téngase en cuenta que la teoría y práctica de la literatura en Italia de la segunda mitad del siglo XIX estuvo fuertemente influida por el movimiento risorgimentale y la inminencia de la unificación política y territorial del país.

Si Ugo Foscolo lamentaba la “vacua metafísica y delamación”[13] de Origen, Paolo Emiliani Giudici, en el prefacio de su Storia delle belle lettere in Italia (1844, 2ª ed. aumentada: 1855) se lanza con una inusitada saña, quizás fruto del gibelinismo laico y risorgimentale del historiador, contra la historiográfica “jesuitíca” de un Tiraboschi o un Andrés[14]. De Sanctis, quien recogerá la herencia de Emiliani Giudici, a diferencia de éste asume inteligentemente la gran tradición erudita (el momento de la síntesis), para superarla (momento del análisis): así lo expresa en un artículo sobre Luigi Settembrini, en el que nombra a Andrés junto a Tiraboschi y Ginguené.

El rechazo romántico de la obra andresiana llega hasta la segunda mitad del siglo XIX, con Giosue Carducci. En una carta juvenil a Carlo Gargiolli (12 enero 1860) Carducci habla de Andrés como de un “frate presuntuoso”, “spregiatore di ciò che veramente è grande, lisciatore di mediocrità”[15].

Todas estas aceptaciones o rechazos de la obra andresiana se enmarcan en un discurso historiográfico fundamentalmente nacional. Andrés es un hito en la Historia de la Literatura de Italia que los historiadores del siglo XIX no pueden pasar por alto. Sin embargo, quizás los autores que mejor recogen el legado epistemológico del Abate sean los “universalistas” decimonónicos Cesare Cantù y Angelo De Gubernatis, autores respectivamente de una Historia universal (1838-1846, 35 volúmenes) y de una Historia universal de la literatura (18 vols., 1883-1885). El historiador de la crítica literaria Giovanni Getto vincula temáticamente Origen a la Storia de De Gubernatis[16].

Ahora bien, quien hubo de acometer una lectura más atenta de la obra andresiana no son los historiadores italianos del siglo XIX, en su mayoría alejados de un paradigma comparatístico como el ejemplarmente representado por Andrés, sino Henry Hallam, el gran comparatista inglés.

Henry Hallam[17] (Windsor 1777 – Penshurst, Kent, 1859) es uno de los mayores exponentes de la crítica histórico-erudita de Inglaterra. Licenciado en Oxford en 1799, realiza sucesivamente estudios de lenguas antiguas, que le valdrían el apelativo (usado tal vez como despectivo por sus detractores) de “clasicista”, y se dedica al aprendizaje de diferentes lenguas europeas. Es de 1818 su primera gran obra historiográfica, The view of the state of Europe during the Middle Ages, que abarca más de diez siglos de Historia. En 1827 publica su obra más conocida, The Constitutional History of England from the Accession of Henry VII to the Death of George II (1827), una Historia del pueblo inglés desde la invasión de los Anglosajones hasta el reinado de Jorge II. Entre 1838 y 1839 edita las Introductions to the Literature of Europe in the 15th, 16th and 17th Centuries, con un estudio previo de la Edad Media europea. De esta obra François-Auguste Mignet tendrá ocasión de decir, en una breve pero detallada semblanza biográfica, que “chez lui l’historien aide le critique”[18] y que “pour les temps qu’il embrasse et les pays qu’il parcout, c’est presque l’histoire sommaire de l’esprit humain”[19]. Hallam fue nombrado Tesorero de la Sociedad de Estadística que él mismo había contribuido a fundar en Inglaterra, vicepresidente perpetuo de la Sociedad de Anticuarios de Londres y miembro eminente de la Sociedad Real de Ciencias, así como asociado extranjero al Instituto de Francia. Murió en 1859, dejando un legado historiográfico que así describe Mignet: “M. Hallam occupe une place à part, une place éminente parmi les historiens contemporains les plus célèbres, et, en Angleterre, il est à la tête des rares historiens qui ont porté, dans la connaissance et le jugement du passé, la pénétrante clairvoyance d’un esprit libre et la ferme équité d’un esprit philosophique”[20]. En definitiva, “il porte dans l’histoire une vue haute, un sens net, une intelligence libre, un art simple”[21].

De toda la producción historiográfica de Hallam, la obra que aquí especialmente nos interesa es, por supuesto, la Introducción a la literatura de Europa. A pesar de ser especialista en Historia política y civil, Hallam quiso dar a la luz una obra de esta clase, movido por una denunciada ausencia de trabajos comparatistas actualizados que se ocuparan de Literatura supranacional (es posterior, y limitada sólo a un siglo, la interesante obra de Alcalá Galiano, Historia de la literatura española, francesa, inglesa e italiana en el siglo XVIII, 1844). Con este propósito, en el capítulo introductorio, esboza una breve pero interesante Historia de las Historias Universales de la Literatura, confiriendo a Origen de Andrés su justo valor en ese fundamental ámbito historiográfico, en un período en el que la fortuna de la obra magna del Abate estaba en evidente decadencia, por las razones anteriormente expuestas. Pero, antes de analizar la obra de Hallam y, en concreto, ese decisivo capítulo inicial, quizás sea oportuno dedicar unas líneas a los conceptos de Historia Comparada de la Literatura y de Literatura Europea hasta la primera mitad del siglo XIX.

Ernest Robert Curtius, en su conocido ensayo Literatura europea y Edad Media latina, apunta un tan certero como desalentador diagnóstico: “la moderna ciencia de la literatura – la de los últimos cincuenta años [el texto de Curtius se publica en 1948] – es un fantasma; es incapaz de examinar científicamente la literatura europea, y esto por dos razones: el estrechamiento arbitrario del campo de observación y el desconocimiento de la estructura autónoma de la literatura”[22]. Las indagaciones filológicas de Curtius pretendían, con éxito, ahondar en esa época todavía desconocida y plagada de prejuicios académicos que era la Edad Media. Para el crítico alemán, el Medievo es una época-bisagra entre la clasicidad grecolatina y la Edad Moderna, un período de transición grávido de significación para el futuro de las naciones modernas europeas, cuyo conocimiento es indispensable para que se pueda leer la Literatura Europea como una efectiva unidad de sentido. De ese modo, quiere subsanar un error periodológico de la Historia literaria usual, que fijaba el nacimiento de la Europa Moderna hacia 1500. Hallam, que es anterior al desarrollo pleno de la medievalística decimonónica, comenzará su Historia de la literatura europea en el siglo XV, pero la hará preceder, como queda dicho, por una sinopsis histórica de la Edad Media.

No es éste el lugar de esbozar una Historia de la idea de Literatura Europea[23]. Si bien la fundamentación moderna de esta idea nace sustancialmente en la Ilustración, será sólo en pleno siglo XIX, tras las experiencias de Goethe, Novalis, Herder, Schlegel y la fundación de la Romanística (Friedrich Christian Diez) cuando la Literatura Europea sea considerada como una unidad de sentido, en relación dialéctica con el concepto de Literatura Universal (la fijación terminología Universal-Europea permanece a menudo ambigua hasta el siglo XX[24]). En este particular contexto, Hallam, a finales de los años 30 del siglo XIX, es quien recoge y perfecciona las síntesis-compilaciones de los siglos anteriores: el historiador inglés sería pues la culminación de varias tendencias metodológicas, y su propedéutica Introducción se sitúa entre Romanticismo y Erudición crítica, entre la Literatura nacional y supra o transnacional.

Ahora bien, es de recordar que la literatura comparada no es en absoluto un invento reciente tal como cierta crítica francesa y anglosajona ha pretendido establecer, sino que, como concreción metodológica específica circunscrita al ámbito literario, procede de una tradición muy antigua, que arranca, cuanto menos, del parangón grecolatino, tal como ha destacado Pedro Aullón de Haro[25] (“la literatura comparada y la historia de la literatura universal y comparada son creaciones del tradicional humanismo europeo”) y describe un esquema constructivo: Halicarnaso-Escaligero-Morhof-Andrés[26]. Hitos de esta gran tradición son, entre otros, Polibio, Dionisio de Halicarnaso, Macrobio, Dante, Julio César Escalígero, Daniel Morhof y Juan Andrés, quien culmina la institución de la Comparatística literaria en su sentido moderno[27].

Además, es preciso especificar que el concepto de Universalidad aplicado al objeto literario no ha de limitarse sólo a un sentido lingüístico-geográfico como derivado de la relación nacional/supranacional (siendo, en estos términos, la Literatura Europa un diferente grado posible a escala supranacional con respecto a la Literatura Universal), sino que puede definirse también la Literatura Universal en tanto que concepto de Literatura completo en sí. Éste era el concepto de Literatura típicamente humanístico, asumido por Andrés[28] en Origen y, como comentaremos enseguida, también por Hallam.

Pero señalemos en primer término cuál es el lugar y la relevancia de la Introduction de Hallam en la Historia de la historiografía literaria inglesa[29]. Hallam, miembro del partido whig, fue uno de los más importantes exponentes de la conocida como Historiografía liberal[30]. Pertenece pues al grupo de los viejos liberales, cuyo modelo era la filosofía de la historia volteriana.

Como escribe René Wellek[31], en las primeras décadas del siglo XIX el interés por los tesoros del pasado se amplió a las literaturas extranjeras (tanto europeas como extraeuropeas, tal hizo William Jones con la literatura india y árabe), que hasta ese momento apenas si eran conocidas, al menos por lo que toca a los períodos de descubrimiento reciente; sin embargo, “lo sorprendente es que todo este movimiento erudito no se viese acompañado de un digno florecimiento de la historiografía literaria; en este sentido no hay punto de comparación con lo realizado en Alemania y en Francia”[32]. Según Wellek, tras la History of English Poetry de Thomas Warton no se había publicado nada relevante y actualizado sobre literatura inglesa (exceptuando los trabajos historiográficos, pero de materia alemana, realizados por Thomas Carlyle), hasta, por lo menos, la edición de la Introduction de Hallam. Pese a ello, su juicio sobre el historiador inglés es, sustancialmente, negativo (además formulado de manera históricamente inconsecuente)[33]: “por su aversión a generalizar sobre las épocas y las literaturas nacionales, por ver en el genio un mero accidente, por rechazar ‘todas las teorías sofísticas que creen ver una relación causal entre sucesos no más que concomitantes’, Hallam pertenece a una edad anterior, menos madura intelectualmente”[34]. El hondo conocimiento que Wellek tenía de la obra de Hallam, declaradamente influida por Juan Andrés, hace aún más evidente, pues incluso literalmente lo concreta en sus pasos, el itinerario de “malversación” urdido por el crítico checo emigrado a Norteamérica, sobre todo en su difundidísima Historia de la Crítica moderna, destinado al borrado de la gran tradición comparatista y humanística española o hispánica, desde Andrés hasta Menéndez Pelayo, el fundador del género de la Historia de las Ideas Estéticas, a quien intenta degradar intelectualmente, y por otra parte, también en su libro de “conceptos” de crítica, desde Gracián hasta Eugenio D’Ors. Ello ha sido examinado con justa severidad por Aullón de Haro en Escatología de la Crítica y asimismo a propósito de Menéndez Pelayo y de la Escuela Universalista[35].

En cuanto a la fortuna editorial y académica de la Introduction, George Saintsbury recuerda, en su A History of English Criticism, que Hallam es nombre clarum et venerabile para todo estudiante inglés de Literatura: “his Introduction to the Literature of Europe, with its sketch of mediaeval and its fuller treatment of Renaissance and seventeenth-century Literature, is the earliest books of the kind in our language: it is not far from being, to his day, the best book of the kind in any”[36].

Ralpho Emerson afirma que Hallam “has not genius, but has a candid mind: the Englishman is too apparent, the judgments are all dated from London, and that expansive element which creates literature is steadily denied”[37], para luego añadir: “Shall I say that I often find a nearer coincidence, and find my own opinions and criticisms anticipated?”[38]. La Introduction de Hallam, pese a las críticas recibidas, fue durante más de un siglo un instrumento de consulta esencial para todo estudioso de Literatura Europea y Comparada. Los volúmenes del historiador inglés experimentaron pues una suerte muy parecida a la de Origen de Andrés: ambas fueron obras muy leídas y, por eso, también muy susceptibles de críticas e incluso plagio.

Introduction to the Literature of Europe in the Fifteenth, Sixteenth, and Seventeenth Centuries se publica por primera vez en París (Baudrys European Library, 1837-1839, 4 vols.)[39]. Se traduce inmediatamente al francés (Histoire de la littérature de l’Europe, pendant les quinzième, seizième et dix-septième siècles, trad. de Alphonse Borghers, París, Crapelet, 1839-1840, 4 vols.) y se imprimen múltiples ediciones nuevas (1843, 1847, 1854, 1873 en Nueva York, 1881, 1970: reimpresión facsimilar de la ed. de 1873). Los límites cronológicos con los que acota el objeto de estudio están explicitados en el mismo título. Y es según un estricto criterio cronológico como se organiza la materia en las cuatro ‘partes’ en las que se divide la obra: la primera, precedida por un largo capítulo introductorio sobre el estado general de la literatura en la Edad Media, cubre un período de tiempo de más de un siglo (XV – primera parte del XVI); la segunda contiene la segunda mitad del siglo XVI; la tercera, los primeros cincuenta años del siglo XVII; mientras la cuarta y última parte va de 1650 a 1700. La decisión de comenzar en el siglo XIV se justifica por el hecho de que “by the year 1400 we find a national literature subsisting in seven European languages”[40]. Son cortes arbitrarios, intencionadamente adoptados por Hallam a fin de poder delimitar la materia y poder así analizar el estado de la literatura en los varios países de Europa (principalmente: Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra) y en sus diferentes manifestaciones. Como ya hemos recordado, su concepción de la Literatura es típicamente ilustrada: no se ocupa sólo de polite literature, sino que trata también acerca de la literatura científica (medicina, anatomía, física, matemáticas), filosófica (moral, política y especulativa), eclesiástica (teología y hermenéutica), y la jurisprudencia (él denomina estas diversas disciplinas “ramos” o “provincias”). En cada parte se dedican también capítulos más o menos extensos al estudio de la Literatura Antigua, síntoma de la propensión clasicista de Hallam. Su sensibilidad estética, fundamentalmente neoclásica, más allá de los juicios allí expresados (no es lugar aquí entrar en las valoraciones individuales de Hallam), se infiere también por el vocabulario utilizado: en la Introduction abundan conceptos como progress, improvement, advance, decline, darkness, superstition, barbarism, ignorance, polished, unpolished, rudeness, genuine / bad learning, barren…, los cuales sitúan al autor en una línea neoclásica[41], que es la que le conduce a Warton y a la gran construcción historiográfica de Andrés.

La metodología comparatista adoptada experimenta un incremento de su aplicación en los numerosos paralelos que Hallam plantea entre autores, según el doble criterio lingüístico-geográfico (escritores de diferentes literaturas contemporáneas) y cronológico (relación entre los autores modernos y los clásicos).

En cuanto a la teleología inscrita en su planteamiento historiográfico, Hallam rechaza la doctrina del progreso ininterrumpido, aceptada entre otros, antes del desarrollo del positivismo decimonónico, por Tiraboschi para el exclusivo ámbito científico, y admite la teoría de los ciclos, una impostación que se aproxima a la idea de progreso asumida por Andrés:

The trite metaphors of light & darkness, of dawn & twilight, are used carelessly by those who touch on the literature of the middle ages, & suggest by analogy an uninterrupted progression, in which learning like the sun, has dissipated the shadows of barbarism. But with closer attention it is easily seen that his is not a correct representation […]. There is, in fact, no security, that any nation will be uniformly progressive in science, arts & letters; nor do I perceive, whatever may be the current language, that we can expect this with much greater confidence of the whole civilized world[42].

Pero lo que más interesa para la relación Andrés-Hallam es, sin duda, el prefacio de la obra, que se revela como precisa e inteligente Historia de las Historias Universales. Convencido de la necesidad de ofrecer una obra histórico-comparatista en lengua inglesa, hasta entonces inexistente, y de que la Historia literaria es un “género” relativamente reciente, afirma que los antiguos nos han dejado poca materia a este propósito: un solo capítulo de Quintiliano, la Historia de la filosofía de Diógenes Laercio…, mucha crítica de la Literatura pero ninguna Historia. La preocupación científica y filológica del siglo XVI llevó a sentar elementos para las bases de una Literatura Universal. Conrad Gessner publica la Bibliotheca universalis (catálogo alfabético de autores y obras) y la Pandectae Universales (índice razonado de todas las ramas del conocimiento). Pero el criterio cronológico es todavía casi nulo. Más se acerca a una primera disposición cronológica el jesuita italiano Antonio Possevino, con su Bibliotheca selecta (1593), respuesta contrarreformista a la bibliografía de Gessner. Si bien la organización sigue siendo enciclopédica, en cada capítulo se ofrecen listados de autores según un orden diacrónico. Bacon denunció la inexistencia de una Historia literaria en De augmentis Scientiarum: el filósofo, sin embargo, marca sólo el camino, pero no logra acometer una Historia literaria. El siglo XVII permanece sordo a este desideratum: una excepción es el Prodromus Historiae Litterariae (1659) de Lambeck, quien trazó un ambicioso plan para una Historia Universal, sin llevar a cabo su proyecto.

Es de 1688 la primera Historia comparada de la Literatura: se trata del Polyhistor de Daniel Morhof, quien muestra gran conocimiento de los escritores latinos, pero mucho más escaso de las lenguas modernas, sobre todo de la inglesa.

Quien acometió el “primer gran cuadro sinóptico” de la Literatura Universal es Juan Andrés. Hallam no consultó la primera edición parmesana, sino la de Prato (1806, 20 vols.). Afirma que el hecho de ser jesuita, hizo que Andrés empatizara con la época en la que el libro se publicó, que se traduce en una constante moderación en sus juicios críticos. Cree que el conocimiento andresiano de las literaturas europeas es a menudo superficial; piensa que su estilo es “flowing, but diffuse and indefinite”, que su gusto es adecuado pero frío, sus ideas generales de la literatura correctas pero poco luminosas y filosóficas. Se diría que en realidad parece referirse a algunas partes de la obra. En cualquier caso, sostiene que Origen sigue siendo una obra extraordinaria, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que su autor no disponía de obras semejantes anteriores en las que apoyarse. Hallam afirma finalmente que Andrés es mucho más conocido en el continente europeo que en Inglaterra, y duda de que haya ejemplares de Origen en las bibliotecas privadas del país.

La historia de la Literatura comparada seguirá en Alemania, gracias a la labor de Bouterweck, Buhle, Kastner, Sprengel, Heeren. Este gran proyecto universalista debía estar dirigido por Eichhorn. Sin embargo, no fue nunca acabado completamente, aunque se han podido escribir muchas obras fundamentales para la Historia de las ciencias y las Letras. Eichhorn publica su obra Geschichte der Litteratur von ihrem Anfang bis auf die neuesten Zeiten (1805–1813), obra que, pese a todo, sigue siendo inferior a la de Andrés.

Hallam pasa luego a comentar rápidamente las más importantes obras historiográficas sobre literatura nacional. Entre todas, sostiene que la mejor y más abarcadora es la escrita por Tiraboschi, valiosa por su claridad, precisión y erudición.

Finalmente reseña las historias particulares de un género literario concreto o disciplina. Distingue, pues, tres tipos de historias literarias: (1) “general histories of literature”, (2) “national histories of literature”, (3) “histories of particular departments of literature”. Dados estos antecedentes, de los que se sirve y que cita siempre en nota al pie, el valor al que podría aspirar su propia obra es el de “cuadro sinóptico” de la Literatura Europea. Consciente de la dificultad implícita en semejante tarea, da a su obra el nombre de “Introducción”, porque ésta no alcanza todas las épocas, no estudia todas las disciplinas (sean artísticas o científicas), y se centra sólo en los principales países europeos, a saber Italia, España, Francia, Alemania, Inglaterra.

Andrés, para Hallam, no es simplemente un antecedente histórico, sino que, además de fuente de inspiración para el planteamiento epistemológico de su obra comparatista, es también fuente de información y, en ocasiones, auctoritas en ámbito crítico y estético. Hallam, cuya obra fue muy leída y reiteradamente editada, introduce pues a Andrés en el mundo filológico y literario inglés o de lengua inglesa: ello es evidencia de la intencionalidad con que la futura Literatura comparada, de establecimiento francés antes y anglosajón después, olvidó ese gran hito del comparatismo literario que fue Origen, sobre todo considerando que el comparatismo moderno nace de la gran tradición filológica hispano-italiana, de matriz antes renacentista y luego ilustrada (recordemos que la primera Cátedra de Literatura comparada, anterior a las francesas, se instituye en Nápoles, por Francesco De Sanctis, y que Croce hablará con ironía del neonato comparatismo americano, a principios del siglo XX). Sea como fuere, la figura de Hallam se revela en última instancia esencial y reveladora a fin de poder delinear con fundamento la compleja recepción de Andrés en la Europa del siglo XIX.


[1] Especialmente por P. Aullón de Haro. Véase como síntesis su reciente La Escuela Universalista Española del siglo XVIII, Madrid, Sequitur, 2016.

[2] Véase sobre todo M. Menéndez Pelayo, Estudios y Discursos de crítica histórica y literaria, vol. IV, Madrid, 1942, pp. 31-43.

[3] Giovanni Getto, Storia delle storie letterarie, Nápoles, Liguori, 2010, p. 71.

[4] F. Neri, “La tavola dei valori del comparatista”, Giornale storico della letteratura italiana, CIX (1937), p. 274.

[5] Véase S. Scandellari, “El concepto de “Progreso” en el pensamiento de Juan Andrés”, Cuadernos Dieciochistas, 7, 2006, pp. 17-46.

[6] En la Biblioteca familiar de Recanati se conservan varias obras de los autores de la conocida como Escuela Universalista Española: además de la obra de Andrés, encontramos también la Idea dell’Universo de Hervás, varios tratados del mexicano Pedro José Márquez y la Storia della California de Clavijero.

[7] Véase Luca Barbieri, “Leopardi linguista e filologo: lo Zibaldone di pensieri e un’idea di latino volgare”, Aevum. Rassegna di scienze storiche, linguistiche e filologiche, 68, 1994, pp. 677-698.

Para las teorías lingüísticas de Leopardi, véase sobre todo Sebastiano Timpanaro, La filologia di Giacomo Leopardi, Roma-Bari, Laterza, 1997. Para lengua y literatura españolas en la obra filológica de Leopardi: Vicente González Martín, “Las teorías lingüísticas de Giacomo Leopardi: consideraciones acerca de la lengua española”, Studia Philologica Salmanticensia, n. 3, 1979, pp. 163-191., y A. Martinengo, “La spagna e lo spagnolo di Leopardi”, Lettere italiane, XXIV, 1972, pp. 145 ss.

[8] M. Fubini, Romanticismo italiano, Bari, Laterza, 1953, pp. 71-72.

[9] F. Ambrosoli, “Biblioteca italiana”, LXVI (1832), vol. LXVI, pp. 23-28 y 145-162 y vol. LXVII, pp. 13-26.

[10] Ibid., p. 25.

[11] Ibid., p. 26.

[12] Franco Arato, La storiografia letteraria nel Settecento italiano, Pisa, ETS, p. 464.

[13] Ugo Foscolo: Intorno ad antiquari e critici, in Saggi di letteratura italiana, a cura di C. Foligno, Ed. Naz. Vol XI, Firenze, Le Monnier, 1958, parte II, pp. 301-24, spec. pp. 302 e 320-22.

[14] P. Emiliani-Giudici, Storia delle belle lettere in Italia, Società editrice Fiorentina, 1844, p. 20.

[15] Giosué Carducci, Edizione nazionale delle Opere. Lettere, vol. II, Bologna, Zanichelli, 1943, p. 45.

[16] G. Getto, Ob. cit., p. 90, n. 29.

[17] Para la biografía y bibliografía de Hallam, véase Peter Clark, Henry Hallam. Boston, Twayne Publishers 1982.

[18] M. Mignet, Notice historique sur la vie et les travaux de M. Hallam. Lue à la séance publique annuelle du 4 janvier, 1862, París, Firmin Didot frères, 1861, p. 23.

[19] Ibid., p. 24.

[20] Ibid., p. 3.

[21] Ibid., p. 8.

[22] E. R. Curtius [1948 y 2ª ed. 1954], Literatura europea y Edad Media latina, México, FCE, 2004, vol. I, p. 30.

[23] Véase a propósito F. Chabod, Storia della idea d’Europa, Bari, Laterza, 1962 y la antología de textos europeístas (Bayle, Muratori, Leopardi, Mazzini, Brunètiere, Curtius, entre otros) compilada por Franca Sinopoli, Il mito della letteratura europea, Roma, Meltemi, 1999. Béatrice Didier (ed.), Précis de Littérature Européenne, París, PUF, 1998, en particular el capítulo de Adrian Marino, “Histoire de l’idée de ‘littérature européenne’ et des études européennes”. También cf. A. Gnisci, “La historia comparada de la literatura”, en Introducción a la literatura comparada, ed. de A. Gnisci, Barcelona, Crítica, 2002.

[24] Cf. V. Klemperer, Literatura universal y literatura europea, Barcelona, Acantilado, 2010.

[25] P. Aullón de Haro, “Teoría de la literatura comparada y universalidad”, en Id. (ed.), Metodologías comparatistas y Literatura comparada, Madrid, Dykinson, 2012, pp. 291-310.

[26] Ibid., p. 298.

[27] Ibid. También, Id., “Historiografía, Enciclopedia y Comparatismo: Juan Andrés y la Creación de la historia de la Literatura Universal y Comparada”, en P. Aullón de Haro, J. García Gabaldón y S. Navarro Pastor (eds.), Juan Andrés y la Teoría Comparatista, Valencia, Biblioteca Valenciana, 2002, pp. 17-26.

[28] Cf. P. Aullón de Haro, “La Ilustración y la idea de literatura”, en Id., Idea de literatura y teoría de los Géneros literarios, ed. de M. Rosario Martí Marco, Universidad de Salamanca, 2016.

[29] Para un panorama de la historiografía literaria anglosajona, véase Ricardo Miguel Alfonso, “Evolución de la historiografía literaria angloamericana”, en P. Aullón de Haro (ed.), Historiografía y Teoría de la Historia del Pensamiento, la Literatura y el Arte, Madrid, Dykinson, 2015, pp. 567-583.

[30] “La historiografía liberal es la continuación directa de la historiografía de la Ilustración, modificada por las experiencias de la Revolución Francesa y de las luchas constitucionales de la Restauración”, E. Fueter, Historia de la Historiografía Moderna, vol. II, Buenos Aires, Ed. Fueter, 1953, p. 176.

[31] R. Wellek, Historia de la crítica moderna (1750-1950). Los años de la transición, trad. española, vol. III, Madrid, Gredos, 1972. Wellek trató la Introduction también en su The rise of English Literary History, Chapel Hil, 1941.

[32] R. Wellek, Historia de la crítica moderna (1750-1950). Los años de la transición, vol. III, cit., p. 129.

[33] Sigue esta interpretación también J. M. Bravo Gozalo, Problemática e Historia de la Historiografía literariá inglesa, Universidad de Valladolid, 1981, p. 151: “no es menos cierto que supone un notable retroceso tanto por su forma de entender la literatura y su historia como por el enfoque crítico que presenta”.

[34] R. Wellek, Historia de la crítica moderna…, ob. cit., p. 130.

[35] Cf. P. Aullón de Haro, Escatología de la Crítica, Madrid, Dykinson, 2013, pp. 51 ss; “La recepción de la obra de Menéndez Pelayo y la creación de la Historia de las Ideas”, Analecta Malacitana, XXXVII, 1-2 (2014), pp. 7-37, especialmente páginas finales; La Escuela Universalista Española del siglo XVIII, cit., pp. 18-20.

[36] G. Saintsbury, A History of English Criticism, Londres, William Blackwood, 1930, p. 404.

[37] R. W. Emerson, Journal of R. W. Emerson. 1820-1872, vol. VIII, Boston-Nueva York, 1912, pp. 460-2.

[38] Idem.

[39] Para una descripción detallada de la obra, puede verse la reseña, aparecida un año después de la publicación del último volumen en Edimburgh Review, LXXII, octubre 1840, pp. 194 y ss. La reseña, anónima, es de atribuirse muy probablemente a Herman Marivale.

[40] H. Hallam, Introduction to the Literature of Europe in the Fifteenth, Sixteenth, and Seventeenth Centuries, vol. I, París, Baudrys European Library, 1837, p. 38.

[41] Cf. J. M. Bravo Gozalo, Ob. cit., p. 155.

[42] H. Hallam, Ob. cit., vol. I, p. 99.